NACIONALISMO: CULTURA DE LA INCULTURA*

La cultura alambrada

Seguramente no hay mayor afrenta a la cultura que los postulados que provienen de aquella corriente de pensamiento que se conoce con el nombre de "nacionalismo". Etimológicamente la expresión "cultura" proviene de cultivarse.

La fertilidad de los esfuerzos del ser humano por cultivarse, es decir, por reducir su ignorancia, está en proporción directa a la posibilidad de contrastar sus conocimientos con otros. Sólo es posible la incorporación de fragmentos de tierra fértil, en el mar de ignorancia en el que nos debatimos, en la medida en que tenga lugar una discusión abierta.

Se requiere mucho oxígeno: muchas puertas y ventanas abiertas de par en par. La cultura no pertenece a tal o cual latitud, es el resultado de innumerablesaportes individuales en el contexto de un proceso evolutivo que no tiene término. Aludir a la "cultura nacional" es tan desatinado como referirse a la matemática asiática o a la física holandesa. La cultura no es de un lugar y mucho menos se puede atribuir a un ente colectivo imaginario. No cabe la hipóstasis. La nación no piensa, no crea, no razona ni produce nada.

El antropomorfismo es del todo improcedente. Son específicos individuos los que contribuyen a agregar partículas de conocimiento en un arduo camino sembrado de refutaciones y correcciones que enriquecen los aportes originales. Como bien señala Arthur Koestler, "en realidad, el progreso de la ciencia está sembrado, como una antigua ruta a través del desierto, con los esqueletos blanqueados de las teorías desechadas que alguna vez parecieron tener vida eterna"2.

 El nacionalismo pretende establecer una cultura alambrada, una cultura cercada que hay que preservar de la contaminación que provocarían aquellos aportes generados fuera de las fronteras de la nación. Se considera que lo autóctono es siempre un valor y lo foráneo un desvalor, con lo que se destroza la cultura para convertirla en una especie de narcisismo de trogloditas que cada vez se asimila más a lo tribal que al espíritu cultivado que es necesariamente cosmopolita. Quienes necesitan de "la identidad nacional" ocultan su vacío interior  y son presa de una despersonalización que pretenden disfrazar con la lealtad a una ficción. Desde esta perspectiva, quienes comparten el cosmopolitismo de Diógenes e insisten en ser "ciudadanos del mundo" o tienen doble nacionalidad, aparecen como descastados y parias sin identidad.

1 J. Corominas y J. Pascual, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico

(1984), Vol. II, p. 288.

2 Arthur Koestle, En busca de lo absoluto (1982), p. 75.

3 Para ampliar este tema, véase, por ejemplo, George Santayana, Reason in Society

(1980), pp. 166 y ss.